Nací en una ciudad, donde el respeto y las buenas costumbres eran la norma, donde la gente se saludaba amablemente, mientras que en Europa se mataban en la II guerra mundial, en mi ciudad, no existían los muros ni guerra ni cortina de hierro, la guerra fría no se conocía, en mi ciudad crisol de razas, llegadas de toda Europa, Eurasia entre otras, todos vivían felices, sin discusiones por quien iba ganando la guerra, allí nadie tomaba partido por nadie, es obvio que la preocupación existía por las familias que habían quedado en su terruño, Rusos, Alemanes, Ucranianos, Lituanos, Croatas, Yugoslavos, Franceses, Polacos, Griegos, Árabes, Búlgaros, Armenios, Italianos, Españoles, Estonios, Letones, Judíos llegados de toda Europa, Sirios, Libaneses, entre tantos otros, que mi memoria ya no puede recordar.
Mi niñez tan linda, llena de amor y comprensión por parte de todos mis vecinos, vecinos que eran mi familia, me cuidaban cuando salía de mi casa hacia la casa de mis tíos que vivían a la vuelta, todos me miraban cuando cruzaba la calle para que no me pasara nada, recuerdo que mi madre salía a la vereda y me miraba cruzar la calle hacia la casa de la familia Misenquevich, amigos de mi familia, allí saludaba a Olga para luego dirigirme hacia la casa de doña Vasilova, donde también vivía mi tía Paulina, que trabajaba como la mayoría de la gente de mi ciudad , en los frigoríficos Armour y Swift, pasaba mientras les daba un beso a las dos mujeres, volvía a salir hacia la casa de una señora, que vivía justo en la esquina de casa y se la conocía como la Búlgara, esta señora ya entrada en años casi anciana, hacía unos bordados hermosos, parecían fotos, me quedaba mirando como bordaba mientras conversábamos, me convidaba con bizcochos, me comía algunos y de allí me iba a la casa de Señora Minka, donde jugaba un rato con sus hijos.
Al rato, ya me iba a los saltos y gritando como loco, hacia la casa de mi tía María Hoffman, casada con Estanislao Antonio Bialoglowicz, quien me abrazaba con mucha ternura mientras mi tío, muy serio me miraba de reojo, para que no haga ninguna travesura, eran días y tiempos hermosos de nuestras vidas, llenas de alegría y también tristezas, como suele suceder, por la muerte de algún familiar o vecino muy querido.
Las barreras lingüísticas no eran problema en mi ciudad, todos se entendían y los casamientos entre las diversas colectividades eran mas que común, se podía ver un casamiento entre un Ruso y una Alemana, un Polaco con una Ucraniana, Polaca o Búlgara, las barreras idiomáticas o de etnias no existían.
Los sábados y domingos, íbamos a la casa de mi otra tía, Mathilde Hoffman, casada con Pedro Todorov Marinov un Búlgaro muy bueno, excelente persona y eximio carpintero, pero que tenía una tienda en la calle Nueva York, donde me hacía poner una gorra pochito, de allí nos íbamos en canoa hacia las islas del delta de la ciudad, donde compraban frutas, verduras y los vinos típicos de la costa.
Por eso digo, a pesar que soy hijo de Rusos Alemanes, mi infancia, familia y amigos, son de diversos etnias, me crié entre muchas razas diferentes y tengo un poco de cada una, de todas he aprendido algo y bueno, me han enseñado a ser respetuoso y a respetar a todos, aprendí que el trabajo y la educación son fundamentales en un hombre, que el origen de uno es circunstancial, que uno puede nacer en cualquier parte del mundo, pero su esencia, sus rasgos y pertenencia no se alteran, que nosotros, los Europeos somos quienes han traído al país el adelanto que buscaban.
Mi ciudad : “ Berisso “ Capital Provincial del Inmigrante….
José Hoffman.-
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