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jueves, 13 de noviembre de 2014

Historias recientes de mi ciudad...


                                     Nací en una ciudad, donde el respeto y las buenas costumbres eran la norma, donde la gente se saludaba amablemente, mientras que en Europa se mataban en la II guerra mundial, en mi ciudad, no existían los muros ni guerra ni cortina de hierro, la guerra fría no se conocía, en mi ciudad crisol de razas, llegadas de toda Europa, Eurasia entre otras, todos vivían felices, sin discusiones por quien iba ganando la guerra, allí nadie tomaba partido por nadie, es obvio que la preocupación existía por las familias que habían quedado en su terruño, Rusos, Alemanes, Ucranianos, Lituanos, Croatas, Yugoslavos, Franceses, Polacos, Griegos, Árabes, Búlgaros, Armenios, Italianos, Españoles, Estonios, Letones, Judíos llegados de toda Europa, Sirios, Libaneses, entre tantos otros, que mi memoria ya no puede recordar.
                                      Mi niñez tan linda, llena de amor y comprensión por parte de todos mis vecinos, vecinos que eran mi familia, me cuidaban cuando salía de mi casa hacia la casa de mis tíos que vivían a la vuelta, todos me miraban cuando cruzaba la calle para que no me pasara nada, recuerdo que mi madre salía a la vereda y me miraba cruzar la calle hacia la casa de la familia Misenquevich, amigos de mi familia, allí saludaba a Olga para luego dirigirme hacia la casa de doña Vasilova, donde también vivía mi tía Paulina, que trabajaba como la mayoría de la gente de mi ciudad , en los frigoríficos Armour y Swift, pasaba mientras les daba un beso a las dos mujeres, volvía a salir hacia la casa de una señora, que vivía justo en la esquina de casa y se la conocía como la Búlgara, esta señora ya entrada en años casi anciana, hacía unos bordados hermosos, parecían fotos, me quedaba mirando como bordaba mientras conversábamos, me convidaba con bizcochos, me comía algunos y de allí me iba a la casa de Señora Minka, donde jugaba un rato con sus hijos.
                                        Al rato, ya me iba a los saltos y gritando como loco, hacia la casa de mi tía María Hoffman,   casada con Estanislao Antonio Bialoglowicz, quien me abrazaba con mucha ternura mientras mi tío, muy serio me miraba de reojo, para que no haga ninguna travesura, eran días y tiempos hermosos de nuestras vidas, llenas de alegría y también tristezas, como suele suceder, por la muerte de algún familiar o vecino muy querido.
                                        Las barreras lingüísticas no eran problema en mi ciudad, todos se entendían y los casamientos entre las diversas colectividades eran mas que común, se podía ver un casamiento entre un Ruso y una Alemana, un Polaco con una Ucraniana, Polaca o Búlgara, las barreras idiomáticas o de etnias no existían.
                                        Los sábados y domingos, íbamos a la casa de mi otra tía, Mathilde Hoffman, casada con Pedro Todorov Marinov un Búlgaro muy bueno, excelente persona y eximio carpintero, pero que tenía una tienda en la calle Nueva York, donde me hacía poner una gorra pochito, de allí nos íbamos en canoa hacia las islas del delta de la ciudad, donde compraban frutas, verduras y los vinos típicos de la costa.
                                        Por eso digo, a pesar que soy hijo de Rusos Alemanes, mi infancia, familia y amigos, son de diversos etnias, me crié entre muchas razas diferentes y tengo un poco de cada una, de todas he aprendido algo y bueno, me han enseñado a ser respetuoso y a respetar a todos, aprendí que el trabajo y la educación son fundamentales en un hombre, que el origen de uno es circunstancial, que uno puede nacer en cualquier parte del mundo, pero su esencia, sus rasgos y pertenencia no se alteran, que nosotros, los Europeos somos quienes han traído al país el adelanto que buscaban.

Mi ciudad : “ Berisso “ Capital Provincial del Inmigrante….

José Hoffman.-

lunes, 3 de noviembre de 2014

HISTORIAS DE PUEBLOS



                           Sucedió en una ciudad del noroeste de la Provincia de Buenos Aires, hace casi 50 años, frente al Cine principal de la ciudad, se encontraba una pizzería, donde concurrían muchísimas personas durante todo el día, en especial de noche, la pizzería en cuestión, era la más grande e importante, punto de encuentro para socializar en los fines de semana especialmente.
                            En una oportunidad, la esposa de uno de los hermanos, que eran dueños de dicho negocio, tuvo un pequeño inconveniente con una de las heladeras comerciales de esa época, eran de madera por fuera, con las manijas de metal, donde se depositaban las bebidas para que se encuentren frías al momento de servirlas.
                             Un buen día por la mañana, la mujer va a atender a un comensal ya entrado el mediodía, y cuando agarra la manija para abrir la heladera, siente corriente que le hace soltar del susto, la bebida que había agarrado, inmediatamente llama al electricista más importante del pueblo, este manda a su empleado para que revise la situación en el local en cuestión.
                            Cuando llega el empleado del electricista, saca su busca polo, comienza a revisar todo y no encuentra nada, para el se encontraba todo en orden y sin problemas, así se lo hizo saber a la señora del local y se retiró hacia el taller donde se encontraba su patrón y así proseguir con sus tareas.
                            Pasaron algunos minutos y la señora del local de la pizzería llamó nuevamente y de manera urgente al electricista, enojada por la situación por la que ella  estaba pasando, temiendo quedarse pegada y electrocutada por la tensión que tenía la heladera que hacía pocos minutos ya había revisado su empleado.
                             El electricista se hizo presente en persona en el local, dándole a la señora, la seguridad que el con su experiencia, solucionaría el problema, sacó todas las herramientas y probadores de tensión de electricidad y se puso a revisar la heladera en cuestión, probó con todo lo que tenía y nada, todo se manifestaba normalmente, pero la señora al tocar la heladera sentía la corriente pasar por su cuerpo.
                             La señora, le pidió al profesional que algo no estaba bien y que ella no se quedaría tranquila, temiendo quedar electrocutada, en ese momento el electricista le dice a la señora, mire señora, voy a tocar la manija de la heladera que usted dice que tiene corriente, con la parte más sensible del cuerpo, así sabrá que no tiene de que preocuparse por nada más y así la señora se quedo tranquila.
                              El electricista, saca su lengua y la apoya justo en la manija de la heladera, la mujer lo miraba impávida y en el preciso momento que el electricista apoya su lengua en la manija, la electricidad que el no registraba y ningún aparato tampoco, recorrió todo su cuerpo aflojándose así todos los músculos del cuerpo, en el mismo instante al pobre electricista, se le escapó un tremendo pedo, fue tan estrepitoso y vergonzoso, que se levantó y se fue del local corriendo y sin saludar a nadie.
                              Horas después, llegó el empleado del electricista a buscar las herramientas dejadas en el local por el mismo.
                             Nunca más apareció por el local…
Cosas que pasan en pueblos del interior y que pocos conocen !!!

José Hoffman..-